Vietnam, y al final la lluvia

Llevaba un tiempo coqueteando con la idea de visitar la anciana y mágica Indochina y, Vietnam encabezaba la lista. Postales de aguas turquesas, templos dedicados a la literatura y aguas mágicas vigiladas por dragones… Tras unos meses empapándome todo lo que pude acerca de la historia del país, y sin quitarle el ojo a la aplicación del tiempo, llegó el día de embarcarme. Una mochila, una cámara réflex, y el sagrado chubasquero, junto con mis amigas, María y Rosa, se convertirían en mis compañeras durante esta aventura de apellido milenario.

Hanói, el caos (en realidad) era armonía  

Superada la primera noche de jet lag en nuestro hotel boutique (he de decir que éste me afecta más bien poco), nos lanzamos a las entrañas de Hanói. Vetusta y caótica, la capital de Vietnam no deja indiferente. Dormir en su barrio histórico es sin duda, una de las mejores opciones para sentir la esencia de una ciudad que conjuga mil años de ocupación china con la opulencia francesa. Pasear por el barrio francés es asistir a un desfile de coquetas tiendas, palacios del art nouveau y direcciones históricas como el hotel Sofitel Legend Metropole.

La siguiente parada en la capital vietnamita fue el Templo de la Literatura (Van Mieu). La primera universidad del país y que, a diferencia de otros templos, no rinde homenaje a Buda, sino a Confucio. En su interior se respira un Vietnam muy influido por China y es imposible no contagiarse de su armonía, color y positivismo.

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Templo de la Literatura

Importante: la mejor forma de explorar Hanói es lanzarse a la carretera (cuando crees que ha llegado el final y que morirás atropellada por quinientas motos, de repente, sin saber muy bien cómo, te ves ilesa al otro lado de la calle). Después de tres cruces (quizás cuatro) sentí que ya era merecedora del superpoder de ser esquivada por un ejército de motos. Algo de lo que echaría mano el resto del viaje.

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Completaron la visita a la ciudad, el Museo de la Prisión, conocido como Hoa Lo, el mausoleo de Ho Chi Minh, el Museo Nacional de Bellas Artes y las pagodas del Pilar Único y Tran Quoc.

La bahía de Halong, una postal hecha realidad

Hoi An, me pierdo en tu luz

No importa cuántas fotos hayas visto o cuántas veces hayas oído hablar de Hoi An. Justo a medio camino entre el Norte y el Sur, esta bucólica ciudad asomada al río Thu Bon me invitó a viajar en el tiempo. Pasear por las calles de Hoin An es perderse en la luz que irradian sus miles de farolillos de colores. Una reminiscencia del pasado de la que es difícil no enamorarse a primera vista. Este pueblo, cuya historia avala la mezcla de influencias china, japonesa y francesa que se respira en sus calles, nos acogió entre luces, múltiples sastrerías y una anciana y fascinante arquitectura.

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Vivienda en Hoi An

Una mañana en el mercado, una clase de cocina vietnamita, un paseo en bici, una excursión a las Montañas de Mármol (una excursión de medio día en la que hay que desplazarse unos veinte kilómetros dirección Danang)… Hoi An fue una de esas paradas en el viaje en la que nos dio tiempo a soñar con los ojos abiertos.

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Puente japonés de Hoi An

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Mujer vendiendo verdura en el mercado de Hoi An

Mui Ne, una parada junto al mar

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Playa de pescadores en Mui Ne

Mui Ne fue esa parada necesaria junto al mar tras haber dejado atrás el Norte, a medida que el húmedo calor del sur empezaba a azotar. Mui Ne llamó mi atención precisamente por alejarse del turismo masivo que tanto caracteriza a su vecina Nah Thrang. Playas de dunas y un antiguo pueblo de pescadores se convertirían en la opción perfecta para disfrutar de dos días de relax. Una vez más, sin noticias de la lluvia.

Un gigante llamado Ho Chi Minh

Llegamos a Saigón. A medida que el bus conseguía colarse por las primeras calles, asistí a un desfile de letreros luminosos, edificios que tocaban el cielo y la sinfonía inconfundible de los motoristas esquivándose unos a otros. Lejos queda ya la imagen de la clásica Hanói que me recibía hacía una semana, pensé. Efectivamente, Ho Chi Minh es un gigante que poco deja ver de la vieja Saigón. Después de visitar puntos clave como la Catedral de Notre Dame y la oficina de correos, obra del arquitecto francés, Gustave Eiffel, el paseo me llevaría hasta uno de los lugares más significativos de la ciudad: el Museo de la Guerra.

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Estación de tren, obra de Gustavo Eiffel

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Mensaje de paz a la entrada del Museo de la Guerra

Ho Chi Minh es también la base perfecta para visitar los legendarios túneles subterráneos de Cu Chi (con más de 200 kilómetros), construidos por los vietnamitas para escapar de los estadounidenses durante la guerra. Una increíble obra de ingeniería que sigue intacta a día de hoy y una auténtica cita con la historia.

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Tenía las horas contadas en Vietnam y eso significaba una cosa: llenar estratégicamente mi mochila de souvenirs. El lugar perfecto para dicha tarea era el mercado más grande de la ciudad: Ben Thanh. Un laberinto de pasillos y puestos en los que se pueden encontrar comestibles y artesanías. Por supuesto, aquí el regateo es sagrado.

Siguiendo el Mekong 

Nos despedimos de María en el hostel, que continuaba su aventura dirección Tailandia. Una menos y un viaje que empezaba a tocar su fin.
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Mujer vendiendo en uno de los mercados flotantes

 Hay dos formas de vivir la experiencia del Mekong. Durmiendo en un hotel la noche anterior o quedándote en una especie de albergue con gente local y otros viajeros. Nosotras optamos por la última y después de una cena surrealista con unas seis nacionalidades distintas en la mesa, nos fuimos a dormir con el ruido de la naturaleza de fondo.
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Los mercados flotantes del Mekong no esperan. A las cinco de la mañana comenzaba nuestra aventura por uno de los ríos más importantes de Asia.

El sonido de la naturaleza inunda la escena. La vieja barca desfila sigilosamente detrás de casas y palacios chinos y veo como la vida en el Mekong va cobrando vida desde muy temprano. Amanece y cientos de barcos con ojos de dragón nos dan la bienvenida. Comienza el espectáculo. Verduras, marisco, puestos de café, frutas y otros comestibles saltan de barco en barco. Telas, muebles… El Mekong se llena de actividad y yo disparo el objetivo en cada rincón en el que las decadentes aguas del río reviven con los cálidos colores que lucen las mujeres.

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Hombre y mujer en uno de los mercados flotantes del Mekong

Volvimos a la gran ciudad para dejarnos atrapar de nuevo por su ritmo arrollador. Nuestro vuelo salía en unas horas, el tiempo perfecto para llegar al hostel, cambiarnos y poner rumbo al aeropuerto. Y es en ese mismo instante cuando la lluvia nos sorprendió a la vieja Saigón y a mí. Me acordé del chubasquero que llevaba cargando en mi mochila desde el inicio del viaje (y que todavía no había utilizado), y sin saber muy bien por qué, opté por colocarme una última vez mi sombrero cónico del Mekong (en vietnamita es conocido como Nón Lá). Caminé hacia el hotel y recuerdo que pensé: al final, llueve en Vietnam.

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