A la altura del Marais, el Sena amanece tranquilo en un silencio de piedra e historia. Cuando el día llega a su ecuador, esas calles juegan a ser desfiles de estilo y vanguardia.
No habían transcurrido ni dos días desde su última visita al barrio del Marais pero Laura deseaba volver cuanto antes. Necesitaba recoger información, entrevistar a viejos artesanos y, por supuesto, sumergirse durante horas en aquella librería en la que los álbumes de los grandes de la fotografía del siglo XX se vendían a cinco euros.
En las profundidades del metro revisó un plano de callejuelas empedradas. A pesar de ya haber visitado dicho escenario en numerosas ocasiones, Laura prefirió señalar con colores distintos los museos, palacios y jardines pendientes de visita. La parada Saint Paul la recibió fiel a su costumbre. La muchedumbre, compuesta por parejitas de clase media -ellas con trench, foulard estampado y carmín rojo y ellos con cabello revuelto (en absoluto despeinado) y americana- paseaba sin ningún tipo de prisa al son de acentos europeos y olor a pastelería recién hecha.
Decidida en su misión, la joven estudiante de periodismo cogió una de las calles en dirección opuesta al laberinto de tiendas y boutiques con las últimas adquisiciones en complementos y vestuario femenino. ‘Quien pudiera permitirse uno de esos vestidos…‘, se vio obligada a pensar. Desde luego, su condición de estudiante Erasmus la etiquetaba inevitablemente como una de esas jóvenes de bailarinas y zapatillas All Star: económicas y a la vez funcionales para permanecer un día entero recorriendo París sin cansarse. En cualquier caso, algo que tan solo un estudiante extranjero podría permitirse…
Ya en la Rue Charlemagne, Laura desembolsó su Olympus E-420 y comenzó a disparar el objetivo. A medida que se acercaba al Village Saint-Paul, las calles iban haciéndose más estrechas para dejar de serlo y convertirse en pequeños corredores cuya desembocadura era el arte de adquirir pequeños y antiguos objetos.
Aquella tarde el cielo estaba despejado y comenzaba a hacer ese tímido frío que recordaba a los parisinos la no muy lejana llegada del invierno. En días como ese, Laura podía saborear mejor el paisaje del Marais. ¿Cómo no iba a elegir ese barrio para su reportaje de la universidad, sin tan solo allí el rojo de las fachadas de los edificios de antes de la Revolución era real?… Pero lamentablemente a la emoción le siguió un momento de angustia y frustración. Dicha belleza estética que le rodeaba, fuera cual fuera el punto a dónde dirigiera su vista, nunca sería captada en una de sus fotos…Quizás por esa razón, por el trabajo minucioso y caprichoso que se esconde tras un objetivo cuyo único antojo es mostrar la realidad, Laura amaba la fotografía. Sabía las nociones teóricas y había realizado buenos trabajos de fotoperiodismo durante la carrera en España, sin embargo, nunca le satisfacían sus imágenes. Entonces pensaba en Robert Doisneau o en el magnífico Cartier-Bresson, ambos padres del realismo poético de los años 50, reporteros de la calle encargados de robar escenas de la vida cotidiana de aquellas gentes. Gracias a ellos, Laura se había acercado al París de Picasso y de Hemingway, así como de tantos otros célebres talentos que habían llevado el nombre de la ciudad de la luz a cada rincón del mundo.
Se acordó de Mademoiselle Anita, tan cercana y lejana al mundo de la prostitución y de esa recién casada que allá por los años 40 reía a carcajadas en un columpio, y de todos aquellos besos robados por las calles de París… Alguno tan poco robado que sería capaz de llevar al propio Doisneau a los tribunales. Y allí estaba ella, tan minúscula ante la obra de los maestros de la imagen en blanco y negro, sin ni siquiera ser capaz de captar el rojo vivo de los ladrillos de las fachadas del Marais. Así que finalmente rendida frente a lo imposible, decidió volver a la realidad, concretamente al Village Saint-Paul, donde su misión consistía en describir la vida de los pocos viejos comerciantes y artesanos que todavía sobrevivían a la vanguardia del arte minimalista.
Aquel pequeño pueblecito en medio del distrito IV de la ciudad albergaba las antigüedades más rebuscadas de toda Europa. Desde lentes, abrecartas y juegos de mesa hasta lámparas, alfombras judías o vajillas del art nouveau… Pero lo especial de esta isla era sin duda el contraste de los veteranos negociantes frente a las modernas y luminosas galerías de nuevos creadores. Ante dicho ambiente, Laura se apresuró en sacar de su bolsa la grabadora con la acelerada intención de hablar con los verdaderos sobrevivientes de la manzana. Por su cabeza rondaban miles de preguntas. Por ejemplo, ¿cómo podían vivir de las ventas si lo que hoy se llevaba era el arte sencillo a la par que extraño?, ¿qué relación mantendrían con los jóvenes artistas recientemente aterrizados allí?, ¿cómo sería el Village Saint-Paul décadas atrás?… La joven respiró profundamente y se dispuso a hablar con un hombre de unos ochenta años que, pese a las arrugas y el cabello blanco parecía moverse en su tienda de libros como pez en el agua.
-Buenas tardes – dijo Laura dulcemente asomando su cuerpo por la puerta.
-Buenas tardes – respondió el hombre.
-¿En qué puedo ayudarla? – agregó el viejo comerciante.
-Verá, soy una estudiante de la Universidad de Paris VIII y estoy escribiendo un reportaje sobre la vida en el Marais… Me gustaría hacerle algunas preguntas, si no le es molestia – concluyó Laura.
-¿Y qué es lo que quieres saber? – preguntó el hombre mientras revisaba las páginas de una vieja novela de pastas verdes.
Laura se apresuró en lanzar la primera pregunta. Quería saberlo todo. Cómo un pequeño pueblo de artesanos había acabado allí, entre aquellos muros de la época de Carlos V… Pero sobre todo, Laura quería saber cómo era la vida allí, en aquel laberinto de pasadizos empedrados donde el único sonido era el de los pájaros revoloteando por las ramas de los árboles milenarios y algún que otro turista extraviado en su visita al Marais, y que intrigado frente a tal silencio, curiosearía los viejos objetos mostrados en alguno de los anticuarios.
-¿Cómo siente la vida en el Village-Saint Paul? – preguntó Laura.
Sabía que había formulado una pregunta muy general, poco concreta. Quizás era algo que podría no descartar, pero desde luego sí reservar para el final de la entrevista, cuando ya conociese más a aquel hombre, que por el momento, seguía sin apartar su vista de la intrigante novela de pastas verdes. No obstante, Laura sentía que aquel vendedor de viejas historias no la defraudaría y que con un poco de suerte esa pregunta contendría su reportaje.
-Española, supongo… – señaló el viejo cerrando cuidadosamente su lectura.
Laura no esperaba esa respuesta, así que tardó algunos segundos en contestar. Odiaba que cada vez que se comunicaba con nativos, estos oliesen y desvelasen su procedencia. Pero era el mes de noviembre y tan sólo había aterrizado en París el mes pasado, con lo cual aceptó el comentario.
-Sí. Soy estudiante Erasmus. He venido a estudiar el tercer año de mi carrera de periodismo a una universidad de París – explicó Laura educadamente.
Mientras Laura hablaba, el hombre sentenciaba con la cabeza al mismo tiempo que ordenaba algunos libros en las viejas estanterías. En un momento, Laura sospechó que a aquel hombre no le importase demasiado lo que ella estaba haciendo en Francia…
-Siento molestarle. Veo que está bastante ocupado. No importa… Muchas gracias, de todas formas – se rindió la joven estudiante mientras se disponía a coger el pomo de la puerta.
-Ten – dijo el viejo.
Laura se paró en seco y dio la vuelta. El viejo tendero le estaba ofreciendo unas páginas de periódico en las que se podía leer un título: “La résurrection de Saint-Paul”.
-Aquí tienes la información necesaria para tu reportaje. La historia del lugar y su transformación a lo largo de los últimos años… Yo tan solo soy un viejo tendero que pasa demasiadas horas aquí metido… – confesó el hombre.
-La vida en el Village Saint-Paul es para la mayoría, aburrida. Aquí no hay tráfico de turistas. Esto no es el Sacré Coeur, ni el Louvre, ni la Rue de Rivoli… – explicó el viejo librero, que esta vez, sí clavaba sus ojos en los de Laura.
Laura asintió con la cabeza. Le parecía muy cierto el testimonio de aquel hombre y al margen de querer chillar ayudada por la impotencia en medio de tantas obras clásicas de la literatura mundial, se contuvo y acto seguido se despidió amablemente abandonando la tienda. Una vez fuera, maldijo su suerte posando la vista en un olmo. Al igual que éste, Laura sentía ganas de llorar. ¿Cómo podía haber salido de aquel lugar sin sonsacar palabra alguna a aquel hombre…?, se preguntó. Pero sobre todo, ¿cómo iba a llevar a cabo ese reportaje que de primeras parecía prometer tanto…? En definitiva, no tenía nada. Tan solo una grabadora vacía en testimonios y una cámara de fotos a la que ni siquiera conseguía sacar partido. En ese momento se acordó de la tienda cercana al metro Saint Paul en la que vendían trabajos de los mejores de la fotografía por sólo cinco euros.
‘Seguro que ya está cerrada…’ murmuró la joven estudiante de periodismo con expresión de olmo.
Así que decidió pasarse, en cualquier caso, de camino a la estación. Ya fuera del village, a escasos metros de éste, Laura tropezó con un grupo de gente que salía de las profundidades de un bajo. En ese instante leyó junto a la fachada del edificio una placa que decía: Musée de la Curiosité et de la Magie. Sin saber muy bien por qué, Laura descendió al interior del lugar, quizás con la esperanza de encontrar algún tipo de magia capaz de inspirar su reportaje.
A lo largo de una habitación en forma de caverna, la joven repasó todo tipo de utensilios de magia del siglo XVI: juegos de ilusión, varitas mágicas, péndulos, relojes y espejos capaces de desatar los más grandes enigmas del ser humano… Laura, exhausta por su día en el Marais, así como por la poca magia que allí se podía respirar, puso punto y final a su día en el barrio y se dispuso a subir las escaleras hacia el exterior. Fue entonces cuando detuvo la vista en una especie de caja de color café en la que una etiqueta decía: Quel personnage francáis veuillez vous voir?
La joven caviló unos segundos. ¿A quién me gustaría ver ahora mismo y chocar su mano? Napoleón….claro que no, Edith Piaf, tampoco…
-Doisneau, Robert Doisneau! – dijo en alto.
La sala con forma de caverna perdía aforo por aquel entonces. Seguramente, por este motivo, la voz de Laura se escuchó con fuerza entre todos aquellos objetos…Tanto, que incluso su propia dueña se asustó.
‘He de volver al metro. Ya ha sido suficiente por hoy’, pensó Laura sin entender muy bien cómo había llegado hasta las profundidades del siglo XVI en pleno siglo XXI.
En la rue Saint Paul, el viento soplaba con fuerza y tan sólo algún que otro hombre con maletín transitaba dichas aceras. A lo lejos, Laura pudo divisar a un hombre de unos 70 años que caminaba hacia ella. A medida que se acercaba, su rostro comenzó a resultarle familiar. Cuando ya lo tuvo de frente lo corroboró. Y así, como por arte de magia, la joven estudiante de periodismo conoció a uno de los grandes de la fotografía.
Robert Doisneau la miró unos instantes y añadió a continuación:
– Muchas fotos tiradas pero ninguna adecuada – ¿no es así?
-Me temo que sí… – contestó Laura todavía incrédula.
– ¿Por qué no pruebas a sacar la realidad tal y como es? – le preguntó el viejo caballero con una sonrisa.
Laura recibió aquella pregunta como un mensaje, que tras haber navegado durante años dentro de una botella, por fin, llegaba a la orilla. Precisamente junto a los pies de su destinataria.
Cuando se dispuso a contestar a aquel hombre, que tantos gestos había captado por las calles de un París traumatizado tras la guerra, pero sin embargo, tan amable, bello y soñador a la vez, se dio cuenta de que ningún interlocutor la acompañaba. Doisneau se había esfumado, ¿o lo había hecho su conciencia? Quién sabía…, pero en absoluto, se habían esfumado sus ganas de captar el Marais. Llena de vida, sacó su Olympus del bolso y retrocedió dirección el Village Saint-Paul, donde la luz proveniente de las farolas parecía haberse aliado con ella.
Bajo la luz de una lámpara, frente a la ventana de su vieja tienda, el hombre que hacía unos minutos había roto en mil pedazos las ilusiones de una joven estudiante de periodismo, parecía en ese instante ofrecerle a Laura el mejor reportaje. A través de la ventana que daba al village, si bien ahora parecía aún más calmado, un viejo tendero reía a carcajadas frente a un clásico de la literatura francesa. La joven retrató aquella expresión. Real, sincera, probablemente igual de auténtica que el propio barrio. Ya lo tenía. Saint Paul resurgiría en su reportaje una vez más, sin embargo, serían esos supervivientes los que, inmunes al transcurso del tiempo, seguían manteniendo viva la llama de un mercado que nunca acaba.
Por primera vez en muchos días, Laura se sintió satisfecha. Le había robado el alma al Marais.