Los chicos guapos viajan en la Northern Line

-¿Mexicana?… -preguntó él

Ella pasó página, como si entre las hojas del libro se hubiese colado una mosca.

-¡Colombiana!, ¿a que sí? – se apresuró en decir él.

Segundo intento fallido. ¿Se atreverá con todos los países de Latinoamérica?  – se dijo ella a sí misma.

La Central Line se iba vaciando y la corbata del chico de unos treinta años se empezaba a colar en la lectura de la chica de treinta años.

-Una parada – pensó ella.

-¡Argentina! – dijo el borracho mirando la carátula del libro fijamente.

– ¡Mi parada! – brincó ella mentalmente.

-¿Ya te vas? – le preguntó él revolviéndose en el asiento.

– Sí, ¡buen viaje! Ah, y soy española – le espetó ella como quien se sacude una mosca de encima.

-¡Lo sabía! – gritó él, mientras las puertas de la Central Line se cerraban…

Last train

Salió del restaurante agotada. Era lunes y el silencio de la noche en la Old Compton Street se sentía como un pequeño regalo de los astros. En solo dos minutos cruzó la calle, se adentró en las profundidades del metro y esperó su tren, the last train.  Una noche más, sentada en un vagón prácticamente vacío, pensó en su incierto porvenir. Miró sus manos y se perdió en sus pequeños arañazos del día a día. Aquellas manos de pianista ya  coleccionaban alguna que otra cicatriz de guerra.

La hostelería acabará conmigo- pensó. Yo también quiero ponerme las botas con mis amigos, pedir botellas de vino en el centro de Londres y… ¡no oler a pescado!

Fue en medio de aquella reflexión cuando la chica de veintitrés años levantó la mirada en aquel vagón que parecía recibir nueva actividad.

Y allí estaba él, como un superhéroe, cambiando los cartoncillos publicitarios a la velocidad del rayo. Lentillas de uso diario, vitaminas para embarazadas,  cápsulas crece pelo…

El metro londinense es un auténtico intermedio publicitario – pensó, y los anuncios… Los anuncios no se cambian solos. Eso lo hace alguien mal pagado y en el último tren. Esperemos que no se haya percatado del olor a pescado…

El joven terminó de empapelar el vagón con las últimas novedades que un trabajador y trabajadora de mediana edad necesitan para triunfar en la gran ciudad.

Justo en ese instante que precede al de abrirse las puertas, los dos se miraron y sin decirse nada, se desearon buenas noches.

Bye, Megan.

Él se fijó en ella, quien en ningún momento, percibiría su presencia. Enfrascada en su lectura, daba pequeños sorbos a un café de Starbucks. En el asiento de enfrente, él la observaba con la timidez de un niño de escuela. Tras algunas paradas, llegó la suya. Ella cerró su libro y se levantó con su café en la mano. ‘Adiós, Megan’ – dijo él. Megan miró atrás sin saber quién había pronunciado su nombre y él aprovechó para fotografiarla mentalmente una vez más.

Música para camaleones en hora punta

Apura el café, coge las llaves y los pendientes. Por la calle acelera el paso mientras acierta a colocarse los pendientes. Una mañana más se juega la vida en aquel cruce mientras revisa las últimas noticias de Transport for London en el Twitter. ‘Pequeños retrasos en la Jubilee Line’. Llega al andén. Andén abarrotado. Deja pasar un tren. Mira la pantalla del metro: ‘Dos minutos para el siguiente’. Revisa la cuenta de la Metropolitan Line. Sin actualizaciones. Se coloca los cascos y le da al play. Música para camaleones en hora punta. Se sube al tren. Empiezan los trompicones. ‘Lo sentimos, hay un metro defectuoso en la parada de Green Park y estamos experimentando retrasos en toda la línea. Les pedimos paciencia y sentimos las molestias que les puedan ocasionar esta mañana’. El tren hace dos paradas en quince minutos. Se baja del tren entre una hilera de gente y espera el próximo en la vía de enfrente. La pantalla anuncia cuatro trenes para Baker Street y cero para Aldgate. Revisa la ruta. Mira los emails de trabajo. Sin noticias de Aldgate. ¿Si se intenta subir de nuevo a la Jubilee Line llegará antes? Pregunta a un trabajador de TFL. Este le contesta que si fuese ella buscaría rutas alternativas. Se anuncia un Aldgate. Le da más volumen a la playlist y coge sitio pisando la línea amarilla que rebasan los suicidas. Un metro más para Baker Street. Aprovecha y calcula el lugar donde se abrirán las puertas. Se mueve dos centímetros a la derecha y detrás de ella lo hace una masa de gente vestida con ropa oscura. Piensa qué hará por la tarde y cómo organizará el fin de semana. Empieza a llover en horizontal. Se sube la bufanda hasta la nariz. Mensaje: ‘dejen salir antes de entrar’. ‘Y pórtense bien y no hablen con extraños’. Mira el reloj. Otros quince minutos. ¿Manda mensaje al trabajo  de que llegará tarde o no? Se aproxima el tren. Se le acelera el corazón. Se abren las puertas. Piensa que dejará pasar a todo el mundo y luego entrará ella. Mucho antes de que termine de pensar eso la empujan y sin darse cuenta ya está dentro del vagón. Intenta introducirse en el pasillo entre las dos filas de asientos y lo consigue. Alguien en el metro: ‘¿te puedes mover hacia dentro que los demás también queremos entrar’? Una mujer contesta que no tiene más sitio y la que anteriormente ha formulado la pregunta se enfada. Dos minutos de griterío y tensión. Arranca el metro. Mira hacia arriba y se lee los anuncios publicitarios. Apps para invertir tu dinero. Seguros de viaje. ‘Encuentra a tu media naranja’. ¿En el metro, con el olor tan agradable que existe a las ocho y media de la mañana? Parada en King´s Cross. The Walking Dead. Mensaje: ‘por favor, dejen salir antes de entrar y esperen al siguiente metro que llega en dos minutos’. Alguien con una mochila intenta salir y la hace rebotar contra la fila de enfrente. Arranca el metro. Su parada. Intenta bajarse. ‘Perdón, disculpa, mira, ¿me dejas pasar?’. Aglomeración para subir las escaleras y pasar la Oyster. Sale de la estación y llueve lo que no está escrito. Hoy no le da tiempo a pararse para coger un café. Llama al ascensor. ‘¡Buenos días!’ Sonrisa en boca.

Northern Line

Cuando llevas años viviendo en Londres aprendes a pertenecer a una orilla del Támesis y, también, a una línea del metro. Coger la Northern Line significaba dos cosas para ella: tener visita de amigos o acudir a algún evento cultural después del trabajo en alguna de las paradas que une el eje de la línea que cruza la ciudad de norte a sur. En esta ocasión se dio la segunda opción, así que se subió a la línea negra dirección Charing Cross. La tarde de viernes sonaba en todos los idiomas y, por supuesto, el español no era una excepción.

-¿…Pero has visto qué tíos hay este tren? Esto no lo hay en Madrid…’

Dos amigas hablaban del ganado en una de las líneas más abarrotadas de la ciudad de lunes a viernes.

– Por algo no cojo yo esta línea de metro – pensó para sí misma maldiciendo a los turistas.

Miró su reloj y contó las paradas mentalmente. Charing Cross era la siguiente, así que empezó a abrirse paso entre la masa para aproximarse a la salida. El metro perdía velocidad y a través de la ventana pudo percibir la presencia de alguien que la observaba al otro lado del tosco cristal. Y tal y como ocurre en las pelis, las miradas se cruzaron durante un instante, lo que dura un abrir de puertas en un metro londinense. El azul océano de aquellos ojos que la apuntaban como si la conociesen, la dejarían temblando un par de segundos mientras buscaba la salida de la estación.

-‘Maldita Northern Line’ – pensó, mientras una sonrisa la atravesaba por dentro. Untitled collage.jpg

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