Con moño y sin munición

Nunca pensé que el fin del mundo me pillaría así, con moño y sin munición. He esperado unos días durante este encierro llamado pandemia que me ha revuelto la vida y también el alma, antes de lanzarme a la hoja en blanco. El caso es que hoy he abierto un ojo por la mañana y antes de revisar los mil y un Whatsapps de aquí y de allá, que cada día le ganan la batalla al despertador, me he dicho: hoy creo que sí toca escribir. Porque vivir aislada tiene eso. Vivir a golpe de estímulos.

Y me vais a perdonar si este artículo está un poco desordenado pero imagino que solo obedece a las reglas de este humo negro que nos azota tan de cerca. Así que mientras me preparo el café y me mido la temperatura, me pongo ‘Sacrifice’ y pienso en lo mucho que me gusta (y me ha gustado desde que tenía siete años) Elton John. Y ya cuando mi cafetera italiana empieza a estremecerse, contemplo lo que me deparará el día. Porque vivir aislada en tiempos de un virus altamente contagioso tiene eso. Estar vendido al curso de los acontecimientos.

Yo tampoco me imaginé que esta crisis tóxica pudiera pararlo todo. Ni a la mismísima Trafalgar Square, a la que siempre me escapaba cuando tenía ganas de respirar la gran ciudad. Oh Londres, me pregunto cómo sonarás vacío, sin tu mercado de Portobello Road… ¿Qué rostro tendrá el atardecer desde la ventana de mi estudio de Mill Lane? Y una vez más sucumbo al placer de vivir sola, permitiéndome olvidar ya la diferencia entre el ser y el estar. Porque vivir aislada tiene eso. Desconocer tus límites.

Las horas suceden y recibo una (de otras tantas) mala noticia. De esas que sabes que revolotean en la sombra y crees que puedes ir espantando. Entonces yo que soy (o al menos lo era hasta ahora) una neptuniana ejemplar, decido abrir mi capítulo favorito de Rayuela, ese que pone ‘ San Telmo, 2014’, para inyectarle así un poco de prosa a esta desapacible realidad. Quizás porque por unos minutos consigue traerme los días felices de desayunos en la cama y mañanas perezosas. O quizás porque habla de la eterna búsqueda de la felicidad, esa que los soñadores nos empeñamos en buscar en todos los cajones del mundo, tarea frente a la que hoy hemos desistido. Porque vivir aislada en un planeta aislado tiene eso. Entenderlo todo.

Prometo no volver a castigarme; prometo no volver a perder el tiempo con lo que no importa y también con quien no importa. Prometo volver a levantarme y reinventarme como otras tantas veces lo he hecho. Y es precisamente en ese instante que descubro que en épocas de pandemia global existen dos tipos de golpes. Los leves, esos que duran mucho menos que en la normalidad (a veces incluso se esfuman con una copa de vino) y los duros, los que van directos al pulmón. Por eso a las 20.00 horas abro un día más la ventana de mi baño y aplaudo hasta que me escuecen las palmas de las manos, mientras me miro en el rostro de mi vecina de setenta y pico que me sonríe, y también en el de la pequeña de ricitos de carbón que aplaude agitando todo su cuerpo y de la actriz que vive enfrente y de esas dos amigas que lo hacen cogidas del brazo. Y entonces lloro frente a una Latina encendida, esa que tan poco he podido saborear y pienso en lo mucho que me gustaría alargar ese instante. Porque vivir aislada en días de solidaridad tiene eso. No sentirse sola.

Y te pienso, Madrid. Como nunca lo había hecho hasta entonces. Y me acuerdo de tus vivas callejuelas, tu eterno vermú, tus esquinas que se doblan a golpe de beso, tu colorido bullicio… y parece que me falta el aire. Porque siento que no he llegado a conocerte del todo, que nos quedan muchos garitos por cerrar. Por eso, cuando se abran las compuertas, aunque sea demasiado tarde, brindaré por ti. Pero no quiero volver a emocionarme. De momento, voy a consultar la cuenta de Twitter de Juan Diego Botto, por si ha vuelto a tener el detalle de recitar otro poema con acento argentino.

De esta saldremos y juntos lo conseguiremos ❤️

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