Menos mal que todavía no me ha dado por comprar harina para hacer bizcochos. La verdad es que me alegro de no ser una cocinitas. Más que nada porque, como vivo sola, toda esa romántica ingesta de azúcar se traduciría en un escándalo de calorías para mi culo.
No soy amiga de la cocina; nunca lo he sido. He de confesar que como madre o compañera de confinamiento no valdría un duro. El caso es que últimamente me ha dado por acordarme de alguien muy especial. Amigo de la soledad, caballero entradito en carnes y los ojos más azules que he visto en mi vida. Mi gato Tofelino. (Si bien su custodia corría a cuenta de mi hermana, fue tanto el amor que sentí por él que decidí tratarlo como a un hijo). Supongo que me acuerdo de él por las horas muertas. Porque a menudo, estos días, me ocurre que el sueño pesado me invade durante el día, transformándome en una criatura de pupilas dilatadas que gana actividad en la oscuridad de la noche.
Hace unos años alguien me dijo que con esos ojos de tres colores parecía un gato. ‘Menuda sorpresa’, recuerdo que pensé. Lo cierto es que no creo que sea el color de ojos (los felinos son más de verde esmeralda) sino el modus vivendi lo que me acerca a ellos. Y es que supongo que siempre me ha gustado mirar el mundo con ojitos de gato. Que siempre me he sentido a gusto viviendo a mi ritmo, sin dar demasiadas explicaciones, esquivando obstáculos y cayendo de pie desde algún que otro piso. Y como a todo gato se le tacha de canalla en más de una ocasión, hoy me pregunto cuántos de los confinados en el mundo preferirían tener un poco más de carisma felina. Y entonces pienso en mi vecino del primero, que sale a pasear su cuadrilla canina más de tres veces al día, mientras me deja dudando sobre quién tiene, en realidad, más ganas de pisar el asfalto. Y también me acuerdo de todas esas madres que han agotado las existencias de harina y paciencia. (‘¡Los perros y los niños primero!’ ‘Por favor, no se olviden de las madres…’) Por eso, entre tanto ladrido, me gusta mirar al moreno de ojos verdes de enfrente que, callado y sigiloso, se asoma a la calle desde su balcón con esa expresión a medio camino entre la confusión y la condolencia.
Y es que yo siempre he creído que el planeta lo componen almas felinas y caninas. O eres gato o eres perro. Sin ir más lejos, nos lo dice la historia de la literatura. Por eso estos días me gusta leerme los relatos de la pionera Djuna Barnes. Al parecer, esta neoyorquina tras volver del exilio en París, vivió cuarenta años de encierro voluntario en un diminuto apartamento de Greenwich Village (me imagino a la mismísima Susan Sontag llevándole bizcochos recién horneados con la esperanza de que asomase la patita). También me hace sentir mejor el imaginar que Shakespeare pertenecía al bando de los felinos. Porque ‘Macbeth’ nació confinado por la peste… Y hasta nuestra querida Rosalía, que aislada y acotada en un universo de hombres, supo brillar y resurgir con todas las luces apagadas.
Es un hecho. Son los gatos los que pueden presumir de saberse los mejores trucos porque llevan toda una vida viviendo en cuarentena. Porque si algo diferencia al gato del perro (además de su nivel de dependencia) es su elegancia. La elegancia para saber existir en silencio, para resurgir de la nada, para vivir en estudios abuhardillados y para subirse a los tejados (yo a menudo me escapo hasta el Instituto del Mundo Árabe de París y al Sky Garden de Londres) porque esta vez, al lugar que has sido feliz, sí debieras tratar de volver…
Pero no os creáis, que los felinos también estamos a prueba estos días. Y una vez más me acuerdo de él. Porque cada mañana le gustaba aparecerse con ese apacible ronroneo de quien pasa la noche a solas y busca cariño. Y entonces me miro la muñeca derecha, esa en la que me he tatuado su silueta y pienso que es una pena que no le gustase el dulce, porque yo por él también hubiese agotado la harina del súper.

Este te lo dedico a ti, Tofe. Y a todas esas almas felinas que pasean sigilosamente en confinamiento.