Números redondos

No suelo entenderme bien con los números, ni siquiera con las calculadoras que cargan con todo el trabajo (y si no, que te lo pregunten a ti). Fiel creyente de las teorías que rigen cualquier operación matemática, mi padre pasó gran parte de su vida intentando convencerme acerca del poder de salvación con el cual nacen los números. Igual en este caso fueron las leyes de la termodinámica, el caso es que bien sabe él, que ni Pitágoras ni compañía supieron camelarme con aquellos teoremas…

Las únicas cifras que han sabido despertar mi fascinación han sido las fechas. Igual eso explica que en el instituto me decantase por Historia y Literatura. Qué maravilla el memorizar aquella retahíla de años en los que las causas y consecuencias lo eran todo (y no las guerras), las generaciones literarias (de quince en quince y tiro porque me toca) y aquellos días de publicaciones en los que la vida se reivindicada en forma de verso… Aunque mucho antes de eso, quiero decir, de memorizar fotográficamente aquellos trocitos de pasado, yo ya jugaba a viajar en el tiempo y a imaginarme dónde estaría cada cinco años (sí, sí, como en las entrevistas de trabajo). Cerraba los ojos, y como quien dibuja una escena de Fellini, a galope entre lo onírico y mis contadas vivencias (mi preferida, sin duda, el haber asistido contigo a la boda de Sting), abría la puerta al futuro y dejaba que la ficción hiciese el resto.

La vida en números redondos llegó más pronto que tarde. Y el nuevo milenio se coló en mi diario a la misma velocidad con la que se esfuma el primer amor (por suerte, mucho antes, ya habías llenado mi estantería de grandes lecturas de verano, por aquello de poder defenderse ante cualquier episodio vital…). En cinco años las inquietudes ganaron acento francés, así que no tardé mucho en subirme al tren. Y allí, en la biblioteca más grande que mis ojos habían visto jamás, abrí L´Etranger (la primera página ponía tu nombre y al lado 1973). No sé si fue la emoción de ver París por la ventana o ese olor que rezuman las hojas trotadas, pero recuerdo que, de repente, me sentí un poco más francesa. En cinco años comenzaba a trazar la segunda parte de mi Plan (‘mira que eres culo inquieto’, me dijiste, aunque para entonces ya habías conseguido seguir exitosamente mi rastro por el mundo subido a tu querido Google Earth). Recuerdo que ese también fue el año que me dio por hacerme con una cámara Réflex (en realidad nos compramos una cada uno y he de confesarte que me eché a temblar en cuanto mencionaste el campo de profundidad y la velocidad de obturación…). El futuro próximo me pilló en suelo londinense. Yo corría por las profundidades del metro cuando Lope de Vega decidió entrar en la casa de Shakespeare (me lo contaste tú y en el correo también adjuntabas el texto de ‘El Castigo sin Venganza’). Aquella tarde el patio de comedias estaba a rebosar y Lope brilló junto al Támesis.

Los sucesos se aceleraron. Y a medida que se iban gastando mis cartuchos comprendí que quizás fuera el momento de dar el salto. La operación retorno llegó de la noche a la mañana. No había tiempo para entrenamientos, pero sí para algún cálculo capaz de amortiguar la caída (por eso no dudé en pedirte prestada, una vez más, tu mente maravillosa). Y fue así, como después de casi mil septiembres, nos encontramos en el mismo lugar. Yo aterricé con mis cajas sembrando el caos en su universo sinfónico y él, con ese temple elegante que tan bien lo caracteriza (imagino que en eso también he salido a mi otra mitad), me dijo que todo saldría bien.

Se suponía que esta vez no tendría que subirme a un avión, que no me harían falta fórmulas para llegar porque, por una vez, las matemáticas parecían sencillas. Pero no lo vimos venir. Ni siquiera él supo encontrarlo en sus hojas de cálculo. Ni yo pude presagiarlo en el preludio de Tristán e Isolda, ni en ninguno de los que conforman su amada colección, esa que suena en mis días de lluvia y me hace sentir un poco más cerca suya. Porque, ni siquiera en aquella escena circense, había rastro de esta pandemia. El caso es que han vuelto a pasar cinco años y hoy mi padre cumple número redondo…

Feliz cumpleaños, papá. Gracias por salvarme siempre.

Eternamente, tu Pascuelina.

 

 

Deja un comentario