Me gusta Martin Parr. Con su escrupulosa clasificación, su sátira y su sed insaciable de sentido común. Me gusta porque sabe cómo crear ficción a partir del mundo real.
Empecé a tontear con la fotografía de Parr en segundo de carrera, en los días en los que el periodismo de guerra seducía a la altura de una novela de Julio Cortázar. Eran tiempos de ‘vocación’ y la historia de la fotografía se presentaba como la niña bonita del curso. Con ella llegaban Cartier Bresson y su momento decisivo (nunca un instante encerraría tanta verdad y publicidad a la vez) también llegaba Robert Doisneau y su París robado, Capa o Sebastiao Salgado con su carta de amor a la Tierra… Todos ellos nos engatusaron sin demasiado esfuerzo. Lo hicieron en blanco y negro, aferrados a un mundo denunciable por los cuatro costados. Nos acercaron a las zonas de conflicto, nos trajeron los éxodos, la prostitución, la desigualdad racial. Nos poetizaron las desgracias del siglo XX. Parr, sin embargo, llegó de puntillas, casi casi como el hermano incómodo de la familia. Y es que a Parr hubo que aprender a quererlo y (en mi caso) llegar a Brighton para amarlo incondicionalmente.
Yo creo que son los años (y la inmediatez que ha ido ganando el mundo, al igual que el mercado de las emociones), el caso es que últimamente me acuerdo bastante de este inglés de Surrey. Porque sus escenas llenas de color hablaban de una realidad consumista, que sin bien chocaba en aquella asignatura forjada a base de instantes decisivos, bastante tenía que ver con nuestra verdad de hoy. Una realidad que nos empeñamos en maquillar con filtros (posiblemente porque la saturación de color que aplica Parr resta lírica al mundo), buscando el ángulo idóneo, ese que insinúa nuestra sutileza y que nos vende un poquito mejor en la colección de ‘búsquedas relacionadas’ con el fin de alimentar nuestro ego con otro clic. Porque, en realidad, la imagen de Parr somos todos nosotros antes de disparar la gran elegida, ese making of en el que ensayamos la posturita, colocamos el trípode a la distancia adecuada o elegimos el azulejo más limpio de la estación de tren de Oporto.
Como buen sociólogo de la fotografía, a Parr siempre le interesó el turismo masivo. Decía que la gente viajaba armada con cámaras para inmortalizarse junto a todas las torres y pirámides conocidas del mundo (suena casi a una broma macabra). También fue él quien introdujo la comida en las galerías de fotos (parece que el futuro comenzaba a asomarse). Pero hubo algo que el Martin Parr del 2005 no supo ver. La plataforma. Y es que la fiebre por lo instantáneo no tardaría demasiado en emerger para cambiarlo todo. Y no me refiero a la foto, sino a la manera en la que consumimos dicha imagen, que a su vez impacta en nuestra manera de relacionarnos. Y si bien este muchacho de clase media, que ya había bebido de Robert Frank y sus ‘Americanos’, buscaba la vulnerabilidad e ironía en cada retrato como prueba de humanidad, hoy somos nosotros los que hemos llegado a humanizar un algoritmo (sí, la vida era también un capítulo de Black Mirror). Parece complicado, pero no lo es. Se trata del pago en especie de sueños, seguridad, autoestima, vida saludable y, por supuesto, de la compra maestra: trocitos de felicidad. Por eso estos días consumimos mucha inspiración, también ideologías y puntos de vista. Adquirimos la fugacidad de una imagen a cambio de nuestro tiempo.
Por eso la primera vez que fuimos a Brighton aluciné con aquel ‘pier’. Yo chapurreaba el inglés y recuerdo que me prometiste un Brighton efervescente, lleno de creatividad, no sin antes conocer su gran icono. Y allí estaban ellas y ellos. Las mismas mujeres y los mismos hombres que años atrás habían llenado las páginas de ‘Think of England’. El Brighton de las gaviotas que marranean los restos del Fish & Chips by the sea. Así que, sin pensarlo dos veces, nos subimos a un platillo volante y fue allí, entre vomitonas, hojas de The Sun que volaban y carcajadas, donde nos convertimos en una foto de Parr. Imagino que en ella medio Sussex me veía las bragas y la otra mitad se sacaba restos de algodón dulce de entre los dientes. De lo que no me cabe duda es de que aquel instante fue real y no le sobraba color.
A Brighton volví unas cuantas veces por mi cuenta, pero ya llevaba el teléfono en la mano. También tuve la oportunidad de mirar el trabajo de Parr muy de cerca, precisamente en las paredes de mi amada Portrait Gallery y fue justo antes de volver, que escuché su nombre a medianoche en el único bar que quedada abierto en Notting Hill. Me lo contó un fotógrafo del West que, retirado del mundo de la moda, había coincidido con él en alguna ocasión. Charlamos de los grandes de la fotografía, de que si mi inglés era muy bueno y, por supuesto, de la inmediatez que había ganado la vida y la autenticidad que esta misma había perdido en los últimos años.
En realidad Parr ya lo sabía; que ‘cuanta más obsesión por el control y la perfección tiene la gente, más revela sus fallos’. Al igual que tú. Que siempre fuiste más de lanzarte al brunch sin importarte la foto previa, de desayunar con Sky News antes que con las Stories de los otros. Yo de momento sigo creyendo en la fotografía de Martin Parr (mientras me empeño cada día en ser un poco menos idiota y un poco más yo).
También, entre otras cosas, me muero de ganas de volver a Brighton.

Italia. Milán.1989. La catedral

Inglaterra. 1994

Egipto. 1992. Pirámides