Más Elvira Lindo

Pues ya está aquí. La nueva normalidad. Parece que ya se han archivado los globos violetas (por si alguno todavía no conciliaba el sueño ante el atropello de la duda). Ya se ha firmado la pipa de la paz bajo la sombrilla del bar (porque es que la cerveza en casa no sabe igual). Ya se redireccionan las pateras a tierra de nadie. Ya se consagran ‘milagros’ en forma de acrónimo. Ya han vuelto las cacerolas a la alacena.

Ahora que todo ha pasado, somos más fuertes. Incluso mejores. Es ahora el momento de vivir de verdad (no como antes). Nace, de entre la maleza, esa varita mágica capaz de salpicarnos (a todos por igual, como a imagen de Dios) y convertirnos en seres reflexivos, empáticos y, sobre todo, boyantes de autoestima. La resaca del virus parece que nos hace inmunes a las tiranías del mundo. Por eso, ahora asistimos más que nunca a los mensajes de fortaleza, los de brillar con luz propia. En los anuncios de la tele, en las redes sociales, en los felpudos, en las camisetas… Entonces pienso que nunca la vida había resucitado a tantos psicólogos. Y calculo mentalmente las ganancias editoriales que habrán acarreado los libros de autoayuda durante el confinamiento (y el pos) y me planteo escribir uno.

La mala noticia es que no vamos a convertirnos en mejores personas. Y los pobres mortales que padecemos inseguridades tampoco vamos a deshacernos de ellas. Y es en esos momentos que me viene a la mente la entrevista a Elvira Lindo que leí durante el confinamiento. Era acerca de su nueva novela, ‘A corazón abierto’, una de las pocas novedades editoriales que se libraron del bicho. En ella la periodista le soltó algo así como: ‘tú eres de las que transmites seguridad absoluta’, a lo que la entrevistada respondió con un ‘te equivocas’. A continuación añadió que precisamente era una persona insegura y reservada. También dijo que una amiga suya en una ocasión la había llamado ‘falsa social’, y que solo los que la conocían bien de cerca sabían su verdad. Recuerdo que sonreí por dentro, casi a la vez que me reconocía en aquellas líneas.

Entonces vuelvo a pensar en la nueva normalidad. Y me pregunto de dónde surge tal urgencia por estar mejor que nunca. Y me preocupo. Cuando intento encajar la pieza en el puzzle. También me pregunto qué pensaran ellos y ellas ante tal derroche de utopía y exaltación del positivismo. Las mujeres que sienten miedo en su propia casa. Los adolescentes sin apetito de vida. Los que se quedaron sin ganas de bajar al bar… Y pienso que igual el mundo no ha cambiado tanto a cómo era hace unos meses. Que los machistas siguen siendo machistas. Los homófobos siguen siendo homófobos. Las buenas personas siguen siendo buenas personas. Y los vendedores de felicidad, siguen vendiendo felicidad. Igual la nueva normalidad debería empezar por legitimar los mensajes que no hablan necesariamente de luminosidad, por aquello de no crear falsos sociales. Igual para volver a caminar no es necesario convertirse en un gusiluz. Porque efectivamente para brillar, lo primero que se necesita en el mundo es luz y sentido. Igual todos juntos lo conseguiremos, o igual no. Yo, mientras, sigo conviviendo con algunos monstruos (al fin y al cabo, han sido ellos los que se han subido conmigo a todos los aviones y trenes) y también con la certeza de que lo que se repite demasiado, acaba por perder su verdad (y que esta sea dicha: nunca he sido de frases cheesy, que dirían los ingleses).

Por cierto, de entre todos los mensajes que me he ido encontrando últimamente, me quedo con uno en especial (prometo que no es retranca gallega). Y no, creo que tampoco voy a publicar un libro de autoestima. De hacerlo, mejor que fuese al estilo de la gaditana. Más inseguro, más terrenal. Más yo.

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En castellano: ‘estoy hasta el coño’

Nota: no tengo nada en contra de los libros de autoayuda y superación personal y estoy segura que algo han aportado en la vida de muchos lectores :).

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