Enero

Es curioso el sonido de la lluvia según la superficie que moja. Por no hablar de latitudes y longitudes (el último meridiano que me empeñé en cruzar fue el de Greenwich y todavía recuerdo ese sonido del agua queriendo ser nieve). En el norte la lluvia tiene propiedades especiales. A veces funciona a modo de nana, otras consigue ser arte, justo en ese instante en el que cae besando la piedra. Y si bien me ha tocado saltar unos cuantos charcos aquí y allá (por aquello de ser una de esas especies que todavía se atreve a fluctuar por el mundo sin coche), la verdad es que nunca imaginé que el agua del sur llegara a cubrirme los tobillos. Así que acelero el paso y sorteo lagos, de esos que le atraviesan a una el corazón; también me fijo en los mares de lágrimas que rebosan de las alcantarillas y pienso en la acidez que provocan las cosas que se quedan adentro. Entonces observo a la gran Milla de Oro, indefensa y sin paraguas. Y todo cobra sentido. La verdad es que hacía tiempo que no oía un llanto tan triste. 

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