Rapsodia de final de año

(De reflexiones, libros, documentales y algunos deseos)

Se me escurrieron por completo las últimas horas del 2023. En ese ejercicio (mitad anhelo, mitad vieja imposición social) de calibrar el año y buscar todos esos logros que, en el fondo, maquillan un poco la nostalgia de lo que (no) fue y (no) debió haber sido. La verdad es que siempre me pasa. Lo de despedir años y capítulos no se me da bien. A mí, que como a los infantes, ni siquiera me gusta que acabe el día. No le temo al cambio. En realidad, creo que es inherente a mí. Lo que sí me obsesiona es el transcurso del tiempo. Por eso me he pasado prácticamente la mitad de mi vida alargando el día. Hasta no hace mucho ponía lavadoras ecológicas a las mil, me veía una (o dos) peli, preparaba mi tupper de oficina o escribía. Cenaba, miraba el reloj y pensaba: lo que me queda por hacer…

Siempre obré a partir de las 23.00 horas libre de estrés. Y es que hay algo en la noche, en las horas durmientes, que me agita. Se sueltan los lastres, la escritura se afina y todo cobra sentido. La profunda certeza de no ser requerida, de que es en ese momento cuando llega lo mejor del día. No hace mucho, mientras me leía a Rosa Montero y su maravillosa defensa de ser diferente, El peligro de estar cuerda (2022), sentí un gran «alivio». «No soy la única», pensé. En estas páginas, la autora se reconocía en las palabras de un psiquiatra francés (no voy a nombrarlo porque probablemente sea un misógino de la época), «el creador tiene horarios nocturnos», a las que ella añadía la existencia de ese cierto miedo a la pequeña muerte del morir en el dichoso trayecto hacia la nada. El caso es que este extraño (y más bien poco saludable) ritual lo celebro desde el final de la pubertad. Recuerdo una noche de sábado en la que me fui a la cama a las 4 de la mañana. Había comenzado a leer «Crónica de una muerte anunciada» a las doce de la noche y la lectura me atrapó por completo. Tenía 14 años y la verdad es que no entendía por qué si estaba disfrutando de algo, tenía que pausarlo hasta el día siguiente. Pasaron los años y no me quedó otra que aprender a domesticar en los distintos ámbitos de la vida estas inagotables ansias de vivir. A día de hoy la nocturnidad que habita en mí sigue intacta.

***

Los que me conocen bien saben que soy amiga del drama (estas Navidades mi hermana me regaló una tote bag que dice algo así como «Ctrl + alt+ Supr for Drama» ) Así es. Me he ganado la fama a pulso durante años. A lo largo de este año me he visto inmersa en numerosas conversaciones en las que he tenido que justificar mi preferencia por este género cinematográfico. Yo por drama entiendo vida. Por eso, cuando alguien me dice que no quiere ver historias tristes en el cine, entiendo que en realidad lo que desea es consumir un producto que le haga reír. Incluso las comedias son dramas contados con un poco de colorante (por no hablar del boom del «true crime» que cercado por el morbo, también ha venido para quedarse). Sospecho que en todo esto algo tiene que ver lo que yo llamo «el umbral del drama». ¿Cuál es tu límite frente a la frustración de una historia sin final feliz?, ¿Qué es para ti un final feliz? Este último mes del 2023 me reía junto a mi amiga Violeta mientras decidíamos a qué sesión ir de la peli «Un amor», la adaptación cinematográfica que firma Isabel Coixet (y cuyo guion comparte con mi adorada Laura Ferrero) de la novela de Sara Mesa. Sin revelar lo gordo de la historia que (entre otras buenas obras sociales) desmitifica el romanticismo y la vida en el campo, es bien sabido que ha conseguido molestar a unos cuantos. Por eso nos reíamos. Una historia impecablemente narrada, ambiciosa y arriesgada, que nos cuestiona a cada uno de nosotros, cansa e incomoda. Sin embargo, a pocos les chirría el tener que pasarse dos horas delante de una pantalla para que nos desmitifiquen a esa figura misógina y psicópata de hace tres siglos, llamada Napoleón. (Eso sí que es un drama). Ojalá muchos Goya 2024 para la Coixet y su equipo.

En literatura me ocurre lo mismo. Para mí la literatura tiene una funcionalidad que va más allá de la forma y el lenguaje. La historia debe trascender en mí de alguna forma. Todo material que no ejerce dicho efecto, no me interesa. Con los años también he aprendido eso. A desechar fácilmente. Dice Maggie O´Farrell que es crucial escribir sobre cosas que duelen para que nos sintamos menos solos. La gran Annie Ernaux habla precisamente de «la escritura como cuchillo» porque la revolución de su pluma, bella y afilada, no es solo estética. Es temática y es también política. Se narra a ella misma para narrarnos a todas. Su vida y su cuerpo están al servicio de una escritura sobria, directa, capaz de transformar lo íntimo en algo social. Por eso conmueve y escuece a la vez. Por eso es la autora que más he leído en 2023 y seguiré leyendo en el 24.

(Para quienes estén interesados en la obra de Ernaux, recomiendo el documental de Filmin, Los años de Super 8. Su voz a través de retales de intimidad familiar y cuadernos de viaje en un tiempo convulso).

***

El año (ya) pasado vi un documental en Filmin sobre Sylvia Plath, Dentro de la campana de cristal, y algunos minutos antes de que terminara rompí a llorar. Las lágrimas emanaron como si llevasen años atrapadas en los lacrimales. Lloré unos cinco minutos seguidos. Con ganas, con hipo. Yo creo que siempre he llorado a Sylvia. Es el aliento que rezuma su figura que hace aflorar odio e impotencia a partes iguales hacia una sociedad opresiva, que si bien la que marcó a Plath data del cincuenta y pico, perfectamente podría ser la que algunos y algunas defienden hoy. Me fascina ver cómo alguien puede morir literalmente de asco, amputada como persona por una sociedad mediocre y para más inri, ser estigmatizada bajo una leyenda negra. La de la poetisa suicida, esa que metió la cabeza en el horno con sus dos hijos pequeños en la habitación de al lado. Una mujer que envidiaba a los hombres porque solo ellos podían jugar el papel de padres exitosos. Una mujer que enferma por ser mujer en una sociedad de hombres.

El caso es que fue en 2023 cuando por fin cayó en mis manos su única novela, La Campana de Cristal (1963). El libro, que ha sido reeditado hace cinco años, justo en pleno reflujo del movimiento #MeToo, está escrito en primera persona con ese estilo confesional que tanto detestaba el mundillo editorial de la época y que tachaba como «subproducto» (por suerte, hoy cada vez se publica más autoficción decente, más literatura material, en la que es el cuerpo el que habla). Estas páginas en las que Sylvia describía el peligro de dejar la copa e irte al baño en un evento neoyorquino de los late fifties, o el temor que ella y su mejor amiga sufrían a la hora de volver a casa, se convertirían tras su muerte en algo universal: un flamante manifiesto anti patriarcado. Y sigo imaginándome a Sylvia atravesando Primrose Hill bajo ese frío londinense de enero que te rebana la cara, sin poder pagar el alquiler porque al que publicaban en casa era a su marido (quien por cierto se fugó con otra que más tarde también abandonaría). Me imagino a esa chica risueña de Boston que se comía el rojo del pintalabios a bocados, la que deseaba acostarse con más de un hombre, la que soñaba con publicar y con ser madre, la que no quería tener que renunciar a nada. Y solo soy capaz de pensar que igual más de una también hubiese metido la cabeza en el horno…

***

Al igual que me ocurre con el paso del tiempo, me aterra caer bajo las garras de los extraterrestres y despertarme un buen día sin mi poder de resolución. Siempre he podido decidir. Y siempre lo he hecho. A veces me visitan los monstruos y creo que no soy apta para dicha práctica. Imagino que de nuevo se trata de este patriarcado al que estamos sometidas que hace eco en nuestras pobres conciencias de impostoras. En realidad, yo he vivido de mis elecciones desde muy jovencita. Mi primera decisión fue entrar en la Facultad de Periodismo— ya en aquel entonces era conocedora de lo que no quería— No era lo habitual. Quiero decir que a esa edad tan temprana no tener claro a lo que te quieres dedicar el resto de tu vida es bastante frecuente. Por eso, mucha gente optaba por lo que le permitía la nota de corte o por lo que querían sus padres. No formé parte de ese porcentaje. Yo, ser volátil e impaciente, solo quería escribir. Así que con un 7,9 y una maleta llena de inquietudes cumplí a los 18 años el primero de mis sueños.

Nadie te enseña a tomar decisiones, es algo que no se estudia en ningún cole, instituto o facultad. La experiencia, conocerse a uno mismo para evitar vivir una auto traición, así como cierta intuición y un perfecto cóctel de coraje, lógica y necesidad, sí creo que son ingredientes importantes para lanzarse a la piscina. A veces uno siente que lleva mucho tiempo esperando a que se presente la ocasión de tomar una decisión. Otras, parece que ya hemos elegido en el pasado y, que de alguna forma, lo que nos trae el presente es una especie de espejismo, algo que ya hemos anhelado mucho antes porque se ha convertido para nosotros, sin darnos cuenta, en una meta. Antes de mudarme a Londres escribí un relato inspirado en el año que estudié en París. La historia estaba ambientada en un barrio parisino donde se ubicaba la casa de la protagonista. Al cabo de dos años, me presenté a un concurso de relatos en Londres. Así que decidí utilizar la misma historia y transportarla al barrio londinense que había conocido un año antes, cuando estudiaba inglés por las mañanas en una academia y trabajaba por las tardes como camarera en un restaurante. No gané el certamen pero al cabo de muchos años, de muchas encrucijadas, en el 2019, los acontecimientos me condujeron al victoriano 120 de Mill Lane. Y así es como con 33 años cumplí otro sueño: vivir sola en mi barrio favorito de Londres. Aquella postal formaba parte de mi imaginario. Un estudio propio desde el que escaparme a mi querido Hampstead y en el que poder escribir mientras fantaseaba con ese lienzo de rojos violentos que es el cielo del NW6 a partir de las 19.00 horas. Igual lo que me pasa es que este año entro en la cuenta atrás para el ecuador de la vida y nunca está de más recordarse eso de que una jamás debiera arrepentirse de ser valiente.

***

Además de escribir, reflexionar sobre el pasado el presente y el futuro, mudarme— tengo muchas ganas de escribir un libro de relatos sobre los pisos en los que he vivido—, maldecir a cierta gente y preocuparme (no siempre en ese orden), también he viajado. He recorrido Asturias (sí, había estado en Reikiavik pero no había parado nunca en la comunidad de al lado), he conducido más allá del Círculo Polar Ártico persiguiendo el sol de medianoche y he vuelto a contemplar la luz de Venecia. Para mí hay pocas ciudades cuya belleza encierre instantes oceánicos, momentos de plena felicidad. Y una de ellas es Venecia. También he comido muy rico (creo que este año voy a limitar los Estrella Michelin estrictamente a la hora del almuerzo…), me he reído a carcajadas, he volado drones y amado en alta resolución ❤.

***

A este 2024, además de salud para los míos, tengo otras peticiones. Yo le pido mucho ruido. Ruido en toda la gama de púrpuras y violetas posibles. Ese ruido tonalidad arcoíris que les ciega con solo mirarlo. Ese ruido que incomoda para que no tengan que ser las de siempre las que metan la cabeza en el horno. Pido celebrar la rapsodia en todas las vertientes de la vida y huir de lo clásico, lo insulso. Escapar de lo esperado (todo eso ¡me aburre!). También le pido respeto hacia la profesión creativa. Porque, señores, la mala noticia es que aún con IA no todos podemos ejercer del de al lado— si todavía quedan unos cuantos nostálgicos del coche manual, no puede ser que la carrera de Comunicación Audiovisual ya esté obsoleta, ¿no?—Yo, sobre todo, lo que le pido al 2024 es seguir teniendo la capacidad de decidir y elegir. Esa sí que es la mayor de todas las suertes.

Feliz 2024.

Deja un comentario