
Vamos a empezar siendo francas. Las mujeres seguras de sí mismas molestan. Y si no, que te lo digan a ti, que te pasas horas y horas sentada viendo pasar ante tus ojos un teatro en el que tú, cual Erin Brockovich en un bufete de abogados norteamericano de los años 90, desafías los prejuicios de género en un entorno corporativo bañado en after shave barato.
Las mujeres presentamos el telediario pero casi nunca formamos parte de la noticia (a veces, cuando nos matan). Nuestro discurso incomoda en reuniones; nuestra voz, nuestro timbre, como si no tuviésemos nada categórico que aportar. Escenarios validados por mujeres que a su vez invalidan comentarios de otras mujeres. La misoginia neoliberal que nos comemos bien temprano, a las 8:30 de la mañana, café en mano. Si vas a opinar, sé rápida y ante todo, colonial. El cuestionamiento, simplemente, no gusta.
La verdad es que nunca he sido una apasionada ni defensora del marketing. El caso es que el ritmo de los últimos acontecimientos y el carácter del ecosistema que habito durante ocho horas diarias, han sido capaces de anestesiar mi curiosidad. No me interesan lo más mínimo los temas que puedan surgir o bien los derroteros que estos puedan tomar, en cualquiera de las reuniones que presencio de lunes a viernes. He dejado de expresar mi opinión en las esferas sociales en las que a final de mes soy retribuida económicamente. ¿Por qué tengo que repensar lo que quiero decir en mi cabeza cuando tras mi intervención recibiré la réplica de un imbécil, que a su vez, repetirá cada dos segundos la palabra «estrategia»? —Siento la salida de tono pero a veces las palabras más precisas son las que peor suenan—
Confieso que siempre tuve la suerte de trabajar en equipos en los que abundaban las mujeres. En aquellos que se exponían dudas, intercambiaban vulnerabilidades, se planteaban soluciones en común y la creatividad fluía. Echo profundamente de menos la sororidad entre compañeras. En su último libro, Maruja Torres recuerda que cuando descubrió que «había amigas ilustradas» descubrió también los derechos sociales — ella rememora tal descubrimiento a su vez como un desafío frente a aquello de lo que siempre la había prevenido su madre, la cual afirmaba que las amigas le podrían quitar el novio… — Detesto y aborrezco ese discurso tan extendido entre mujeres de mi generación que todavía afirma que un equipo exclusivo formado por mujeres tan solo conlleva una competitividad tóxica. Otra muestra ejemplar de que el patriarcado ha calado hondo en las mentes para atribuir la envidia como una emoción intrínseca del género femenino. El gallinero revolucionado.
Cuenta María Florencia Freijo en su ensayo (Mal) Educadas (2021) que «las mujeres hemos aprendido a justificar la violencia hacia otras en función de los mismos estereotipos que nos han afectado» —como el de la sorberbia, esa mujer que quiere concentrar el poder y la palabra —»Nos han enseñado tanto a competir entre nosotras, que cuando una mujer tiene voz la inspeccionamos para ver dónde está el fallo».
El paradigma de entorno de trabajo clásico, provinciano y sexista finalmente se coló en mi vida. No importa el tiempo que hayas vivido fuera, que hayas trabajado en una de las capitales del mundo más interesantes del sector al que te dedicas. Tu experiencia. Tú, que no te conformaste con lo que te ofrecían, que hablas idiomas, que gestionaste equipos, que defendiste proyectos y presentaciones en la que no es tu lengua materna. A ti la capacidad no se te presupone, más bien con cuarenta primaveras tienes que demostrarla mientras ejercen sobre ti el arte del manterruption.
El nivel de hostilidad al que estamos sometidas en el ámbito laboral privado es desolador. En mi puesto actual, he dejado de practicar la escucha (y no solo de forma activa). Fuera de cualquier lógica o código de conducta corporativa, en mi oficina se verbaliza todo tipo de comentarios sexistas e incitadores de odio hacia la mujer, los inmigrantes o la comunidad LGTBI. También he reconocido la violencia escrita en correos electrónicos, cuando un compañero responde a uno de tus mails ignorando una pregunta pero sí dedicándote una sonrisita cual validación por alguna tarea de la cual informas, sin esperar (ni mucho menos necesitar), validación alguna. El verdadero problema es que dichas conductas agresivas llevan ya un tiempo echando raíces en un espacio en el que se han normalizado y en el que la única regla válida es la impunidad por parte de un departamento de RR.HH.
También atestiguo diariamente una camaradería rebosante de seguridad impostada. Esa masculinidad que habla de fútbol y del finde con «amigos que tienen niños», bajo el ejercicio de parecer hombres progres, modernos y proyectores de igualdad en el mundo. Gurús del marketing que intercambian (bien) alto impresiones acerca de «estrategias complejas» creadas por Chat GPT —el uso de la IA por parte del sector masculino en el área del marketing probablemente merezca pronto otra entrada— Colegas convencidos de poder salvar a la empresa mientras se cuelgan medallas de cartón en el pecho. Mientras, tú intentas concentrarte para escribir un correo o un texto decente sin tener que acudir a la IA, porque todavía crees en el trabajo bien hecho, en tu mirada sobre aquello que elaboras. Eso también se te presupone a ti, la de la atención al detalle, la chica productiva. Tú, que dispones de tiempo para calibrar las palabras, para que un copy obedezca el brief. Tú que revisas los correos extensos por si hay alguna errata. Tú, que todavía consideras que existe ética en el lenguaje y que un texto bien redactado es sinónimo de educación y credibilidad.
Entonces un día más, optas por la mejor opción. Avisas a ese compañero y amigo (por él todavía no has renunciado) y sales a comprar otro café, aunque sea descafeinado, pero bien cargado de feminismo. Respiras un poco de aire fresco y te despojas del olor a mugre que llevas encima.