Llevo un tiempo soñando contigo. Seguramente porque andas en boca de todos mientras te juegas el pellejo entre un bando y el otro. El caso es que todo se me ha juntado en la garganta y ahora tengo un nudo que pesa más que todas mis cajas, esas que he conseguido cerrar muy rápido porque así no te pensaba demasiado. Había fantaseado tanto con este momento, que ahora que te tengo justo enfrente, no sé ni por dónde empezar.
Imagino que todo empieza con el más sincero I´m sorry. Porque durante mucho tiempo te comparé con la no muy lejana París, una ciudad que me invitó a soñar desde muy joven y que siempre recuerdo entre postales de Cartier-Bresson, canciones de Joe Dassin y besos en bulevares iluminados. A ti te tocó la otra cara de la moneda, la sombra de quien se busca la vida y se hace un hueco en una de las capitales más fascinantes e imposibles del mundo. Te maldije bajo tierra, en las profundidades de un metro en el que devoré mil y una historias mientras tú me devorabas a mí. Pero también lo hice bajo tu lluvia de enero, esa que cada año me chocaba en la cara sin acabar de mojarme y me recordaba que una nueva carrera de doce meses comenzaba.
Me hice londinense el día que conseguí caminar a la misma velocidad que el resto. Y cuando alcancé ese ritmo, nunca más volví a aminorar la marcha. Ser londinense es algo así como una forma de vida, una especie de ritual urbano que cuesta aprender y que te identifica con esta ciudad imbatible que eres tú. Y si algo he aprendido en estos ocho años rodando por tus calles, es que los lugares los hacen las personas. Por eso, de veras, me cuesta creer que te vayas a ir por un lado y yo por otro. Porque tengo la sensación de haberme recorrido el mundo entero sin salir de tus entrañas. Porque estás hecho de las más dispares historias que todavía se escuchan en los bares de Portobello Road a la una de la mañana. En ese Notting Hill en el que casi todos llegamos en algún momento a reinventarnos mientras el romántico espectro de Hugh Grant se aparecía de vez en cuando. Y ahora que todo se acaba, ahora que la gente empieza a cuestionarte, me pregunto si podré vivir sin la belleza y la calma que Hampstead y Highgate han puesto en mi vida londinense. Porque desde allí, desde lo alto de la colina, decidí que me gustaba mirarte.
El otro día volví a pasar por delante de las oficinas de Cambridge Analytica en Holborn y sentí otra punzada. Qué injusta la historia de tus últimos tres años. Siento que siempre fuiste el hermano listo y formado en el seno de una familia sin educación y con estúpidos caprichos de un imperio perdido. Siempre rodeado de un lastre de tierra euroescéptica y paradójicamente sustentada por Europa. Me duele pensar que te convertirás en el juguete de Estados Unidos y me mata por dentro verte en las noticias mientras algunos te tachan de algo más inseguro que el Bronx neoyorquino. Me molesta que se hable de ti sin conocerte, sin mirar tu verdadero retrato. Twitter sigue echando humo. Otro joven ha muerto apuñalado al este de la ciudad. ¿Acaso no está claro que el futuro de los jóvenes londinenses de familias de clase baja se vio afectado hace ya un tiempo gracias a los recortes del partido conservador? Me hace gracia que un país que vive el mayor aumento de pobreza desde los tiempos de Margaret Tatcher, haya dado luz verde a lo que se viene llamando una plutocracia. Y te sigo pensando y no te saco de mi cabeza. ¿Qué va a ser de ti? Tú que cantas entre Gunners de distintos acentos en las gradas de Islington. Yo he visto en tus cafés a dependientes extranjeros corregirse el inglés entre ellos mientras atendían a una manada de londinenses con sed de cafeína en plena hora punta. Y es en esos momentos en los que se me eriza la piel y me niego a imaginarte lejos, al otro lado de Europa, la que nos da paz y la que me ha acercado a tanta gente especial de países tan distintos.
Antes te decía que París fue la que me invitó a soñar, en cambio tú me dejaste claro que a veces, los sueños se cumplen, que todos tenemos siete vidas y que solo hay que hacerse valer y aprovecharlas. Al final, como soy bastante felina, he de confesarte que durante esta séptima vida he estado un poco a mi aire. Quizás porque necesitaba pasar más tiempo conmigo subida a los tejados, desde donde me escapo alguna vez hasta las noches de Shoreditch que acababan en forma de bagel. O me voy hasta el corazón de Seven Dials, donde fotografío mentalmente las pequeñas boutiques de colores y me enamoró de ti una vez más gracias a la voz de alguno de tus talentosos músicos callejeros. Continúo mi película llamada Londres y cruzo Marylebone con sus mews hasta Regent´s Park y Primrose Hill y viajo hasta las noches de verano en las que los Beatles sonaban de fondo y el vino de la Provenza hacía su magia. Ya de vuelta a NW6, me pregunto cómo ocho años pueden caber en unas cajas de cartón. Y como todavía no logro entenderlo, rompo a llorar en un Támesis de lágrimas hasta quedarme completamente seca. Supongo que me aterra entrar en tierra de nadie porque yo ya me sabía tus calles y las rutas en taxi desde tu sur, tu este y tu oeste…
Me llevo tu acento y a cambio te dejo seis vidas. Esta séptima me la llevo puesta y te estaré eternamente agradecida por ella.
Me encantó. 💚
Londres remueve mucho, y eso que yo no lo viví tanto.
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Gracias Analú 🙂
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